Llegar a conocer al Dios que vemos en Jesús
Hace ya varios años escuché a John Piper comentar con preocupación que, en su experiencia, muchos cristianos no eran capaces de articular con sentido lo que creían sobre la santidad de Dios por más de unos minutos. En esa etapa de mi vida yo era “joven, inquieto y reformado”, así que me tomé muy en serio sus palabras.
Me di cuenta de que, si en ese entonces alguien me hubiera preguntado qué creía sobre la santidad de Dios, me habría enredado al intentar responder. Así que leí todo lo que pude sobre la santidad de Dios en un esfuerzo por remediar esa carencia. Con el tiempo, sin embargo, llegué a ver un par de cosas en la afirmación de Piper.
- No es que discrepe en sí, pero
- su definición de Dios en términos de “santidad” no hace necesaria la presencia de Jesús.
Esa visión de Dios estaba llena de afirmaciones abstractas, grandiosas incluso, que en aquel momento captaron mi atención: valor infinito, perfección moral, etcétera. Me quedé maravillado. Pero Jesús estaba allí solo para hacer accesible a ese Dios —santo, infinito, poderoso—. accesible.
Hoy me parece una forma extraña de hablar de Dios, incluso imposible. Como cristianos, ¿cómo podríamos hablar de quién es Dios sin hablar de Jesús? ¿Sin dejar que Jesús dé cuerpo a esas palabras?
¿Qué imagen viene a la mente?
¿Cómo imaginar quién es Dios y cómo es en realidad?
Yo solía comenzar dando por sentado cómo “debía ser” Dios —inmutable, eterno, omnipresente, omnipotente, etcétera— y partir de ahí. Por ejemplo, he escuchado a algunos afirmar que, si Dios no está en control absoluto de todo, entonces no es Dios. Pero ¿quién lo dice? Eso no es más que un supuesto: un supuesto arraigado en la metafísica griega, un supuesto que no exige incluir a Jesús a la ecuación, un supuesto que incluso amigos musulmanes probablemente compartirían.
Parafraseando a Chris Green (en una entrevista para el pódcast de Gravity), “a menudo pensamos que Dios es cualquier cosa que nos sucede y que no puede explicarse por ningún otro medio”. Si sufre un accidente automovilístico en el que alguien muere, pero usted sale ileso, eso fue Dios. O si acaba de terminar una entrevista de trabajo y le fue bastante bien, es porque Dios se hizo presente e hizo que todo saliera así. Dios es el relato que construimos para dar sentido a las curiosas coincidencias de nuestra vida.
Más aún, algunos de nosotros nos haríamos eco de ideas como: “Dios me odia”, “Dios está usando el mal para enseñarme una lección”, “Dios tiene el control”, “Dios solo quiere que yo sea feliz”. Todas ellas son afirmaciones abstractas cargadas de supuestos que cualquiera podría sostener sin necesidad de encontrarse con el Dios revelado en Jesús.
¿Qué supuestos tenemos sobre cómo es Dios? Todos los tenemos. No podemos simplemente deshacernos de ellos ni fingir que no existen. Incluso los cristianos que se adhieren a la sola scriptura no pueden escapar al hecho de que siempre hacen teología desde un contexto social determinado, con ciertos esquemas y categorías que influyen en su manera de leer la Biblia y en lo que alcanzan a ver y oír en ella.
Entonces, ¿por dónde empezar?
Aunque soy consciente de mi propio contexto social y de mis experiencias, no pierdo de vista la tensión que esto genera frente a una realidad fundamental: el punto de partida es lo que vemos en Jesús. Sí, mi contexto social influirá en cómo veo y percibo a Jesús. Necesito estar siempre dispuesto a permitir que Jesús cuestione mis supuestos sobre Él mientras leo las Escrituras y lo experimento en mi vida cotidiana. Y, aun así, todos estamos llamados a contemplar quién es Dios, tal como se ha revelado en el rostro de Jesús de Nazaret.
¿De dónde aprendí esto? Diversas tradiciones dentro de la Iglesia —anabautista, ortodoxa oriental, anglicana, entre otras— me han enseñado que el lugar donde comprendemos cómo es Dios, quién es en esencia, está en las enseñanzas y en la vida de Jesús, especialmente cuando lo vemos colgado en la cruz, indefenso. Esto no es algo que pueda inventar, por eso es vital escuchar a guías y compañeros sabios como estos mientras leo, estudio, contemplo y sigo a Jesús en mi propia vida y comunidad.
El exarzobispo Michael Ramsey dijo: “Dios es como Cristo; en él no hay nada que no sea como Cristo”. El mismo Pablo afirma que Jesús es la imagen del Dios invisible. Jesús mismo dijo que solo hacía lo que veía hacer al Padre. Esta afirmación se hace visible en la cruz. Dios siempre ha sido así: por el gozo que le esperaba, cargó con los pecados de su pueblo en plena solidaridad.
Este es el razonamiento detrás de uno de nuestros axiomas fundamentales en Gravity Commons: Dios es tal como Jesús..
Lo que Jesús nos enseña sobre la santidad
Volvamos a la preocupación de John Piper. ¿Cómo hablar con sentido sobre la santidad de Dios? No comenzamos con afirmaciones abstractas sobre cómo “debe ser” Dios, sino con las acciones de Jesús —en la cruz misma.
La santidad de Dios se ve en la disposición de Jesús para tocar a los leprosos y sanarlos. La santidad de Dios se ve en cómo Jesús pone en juego su honor y su posición social a favor de Zaqueo al ir a comer a su casa. La santidad de Dios se ve en la libertad con la que Jesús comía y bebía con pecadores, tan a menudo que su reputación quedó en entredicho ante las autoridades religiosas.
La santidad de Dios se ve en Jesús diciéndole a Pedro que no tiene por qué temerle. La santidad de Dios se describe en las enseñanzas de Jesús sobre el amor a los enemigos. La santidad de Dios se ve al nacer en un pesebre, en el seno de una familia pobre, vivir en el anonimato, desconcertar a los sabios, acoger a los sencillos y humildes, dar la bienvenida a los excluidos, volcar mesas ante la injusticia y en su determinación de morir por sus enemigos en lugar de darles muerte.
Esto tiene implicaciones profundas —incluso desconcertantes— para nuestra manera de leer las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Toda la Escritura encuentra su cumplimiento en Jesús y, aun así, su vida da forma a ese cumplimiento. Hace realidad lo que los autores anunciaron y anhelaron, pero de maneras que nadie habría podido prever. Fue el punto culminante y el centro de los anhelos más hondos, los deseos más profundos y los impulsos más íntimos de los profetas que lo precedieron, pero no estaba atado a hacer lo que ellos esperaban. Trastoca y supera toda expectativa, y dice: “Bienaventurados los que no tropiezan por causa de mí”.
Traducción al español: Brenda Varela
Este trabajo de Gravity Commons está bajo la licencia CC BY-NC-ND 4.0
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Comentarios de 3
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¡Buen trabajo!
Me gusta mucho esto. Cristo es el centro. Sin embargo, la esencia de la “santidad” en el Antiguo Testamento e incluso en muchas cosmovisiones contemporáneas (el hinduismo, por ejemplo), es “separada”, es decir, apartada de todo lo que contamina. Apartada del pecado. Apartada de los impíos. Dios se apartó de Israel cuando Israel cayó en la idolatría. El mismo carácter “separado” de la santidad se aplica a la vida de los creyentes. Busco esto en lo que sé de Jesús. No lo veo. ¿Puedes ayudarme a encontrarlo?
A medida que leo sobre la santidad en las Escrituras, me parece que la santidad tiene más que ver con ser apartado para un propósito específico que simplemente estar separado, ¿verdad? Además, si centramos nuestras definiciones en Jesús, creo que las Escrituras nos llaman a permitir que su vida dé forma a cómo entendemos la santidad ahora; sí, él fue el ser humano verdadero, lo que lo distingue de nosotros, pero también vivió en solidaridad radical con nosotros, volviéndose pobre, volviéndose pecado, volviéndose maldición, para hacernos como él, renovando nuestra humanidad a través de la suya. Su santidad se ve a la luz de esto. Así es como lo entiendo. ¿Opiniones?